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En la conversación infinita, este concepto se reinventa, ya que nadie puede afirmarse en una conclusión definitiva. La esencia de este tipo de interacción radica en que no hay cierre, y en su lugar. La última palabra se transforma en una pregunta que invita a continuar el intercambio.
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En este contexto, la pregunta por el “¿por qué?” aparece como un eje fundamental. Esta interrogante es el catalizador que no solo fomenta la curiosidad, sino que también abre puertas a distintas perspectivas. En lugar de finalizar una discusión, el cuestionamiento por el motivo detrás de una postura invita a profundizar, explorar y, sobre todo, a mantener viva la conversación.
Para que esta conversación infinita sea posible, es crucial practicar la escucha activa. Escuchar implica no solo oír lo que el otro dice, sino también comprender y reflexionar sobre las ideas presentadas. Al hacerlo, transformamos la interacción en un diálogo enriquecedor donde cada participante tiene la oportunidad de compartir y recibir, estableciendo un lazo más profundo y significativo.
En conclusión, en la conversación infinita, el desafío consiste en reconocer que el intercambio no debe tener un final definido. En cambio, deberíamos buscar continuamente el “¿por qué?” para mantener la dinámica de la comunicación viva, curiosa y enriquecedora.
Alejandro Dolina y Darío Sztajnszrajber se hacen preguntas, se cuentan relatos, se provocan mutuamente en la problematización de la existencia a través de reflexiones, humor y emoción.
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El título del encuentro está tomado de un libro de Maurice Blanchot donde uno de los temas que trabaja es la cuestión de la escritura.
La conversación infinita es una propuesta escénica de escritura con el otro, o como dice Byung Chul Han en su último libro: “narrar es pensar”. Y pensar no es algo acartonado ni puramente analítico, sino una invitación a pasar aunque sea un rato de conmoción











