Se exhibirán aparatos, vestuarios y objetos que acompañaron al gran ilusionista.
Con curaduría de Patricio López Méndez, esta muestra se realiza gracias al aporte de la colección de Martín Pacheco y su asesoramiento permanente.
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El último tercio del siglo XIX y los comienzos del XX fueron idealizados a posteriori como la Belle Époque, una edad de la inocencia que aún no había padecido las crueldades de la Gran Guerra. Para unos pocos, fue un período de alegría desenfadada y progreso indefinido y, para la gran mayoría, siguió siendo una época de múltiples privaciones y miserias.
Para estos últimos, el ilusionismo representó la mejor vía de escape ya que, por unos centavos, los hacía partícipes del “más grande espectáculo de magia”, donde no cabía el dolor sino la sorpresa y el asombro y donde los magos, esos seres rutilantes, temibles y sobrenaturales, cada noche hacían que la fantasía fuera posible.
David Bamberg (Inglaterra, 1904 – Buenos Aires, 1974), conocido como Fu Manchu, fue el más grande ilusionista de los escenarios argentinos del siglo XX. Heredero de una dinastía de magos holandeses, construyó un arte profundamente teatral, visual y humorístico, hecho de asombro y precisión.
La muestra reunirá los materiales de sus shows: trajes, aparatos y máquinas ilusorias y objetos que hacían posible lo imposible. Como escribió él mismo: «Un fantástico mundo de misterio e ilusión permanece encerrado en estos vetustos cajones”.
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Estos objetos transportarán al público a abrir puertas al asombro, la ternura, el humor y el misterio.
Isaac Fernández Blanco y la Casa Fernández Blanco
Durante su larga estancia en Europa, Isaac Fernández Blanco (1862-1928) encauzó su vocación de coleccionista en la adquisición de instrumentos musicales antiguos.
A su regreso a Buenos Aires, en 1901, encargó al gran arquitecto noruego Alejandro Christophersen la ampliación y remodelación de la casa familiar. Considerada hoy la única mansión de estilo ecléctico de fines del XIX que queda en el viejo barrio sur de Monserrat.
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Pronto sus salones fueron invadidos por los objetos rescatados del acervo familiar, tales como abanicos, peinetones, documentos y retratos del período federal, entre otros. Recorrió el norte argentino y Bolivia, conformando las mejores colecciones de platería colonial sudamericana del siglo XVIII y argentina del siglo XIX que se conocieran hasta ese momento.
Desde entonces, abrió su casa en horarios especiales para visitantes y en septiembre de 1921 decidió hacer de ella el primer museo privado de Argentina. Al año siguiente entregó la totalidad de su colección, bajo la condición de que el museo llevase su nombre.
A su muerte en 1928, el museo contaba con más de 9.500 piezas.